La noche jugaba con Francisco. Su cuerpo débil lo azotaba y fatigaba, como si una fuerza misteriosa le hubiese robado el ánimo. Sus párpados de plomo engañaban su visión. Apenas distinguía la silueta de la enfermera que lo cuidaba. Era la compañía de ella y el amor discreto que él le profesaba lo que mantenía con vida a Francisco.
-¿Has tomado tus medicamentos?- Inquirió con suavidad la hermosa mujer que lo miraba directamente a los ojos.
-No, pero no dude en que lo haré. Buenas noches- Respondió como de costumbre y se apagó la luz.
A la mañana siguiente, despertó empapado de nervios. El acre de sus medicinas no estaba presente en su paladar. Tenía los músculos tensos. Adormilado aún, fue al lavabo, quizá buscando respuestas en su propio reflejo. Tropezó con un bulto. La imagen que presenció hizo reventar su calma en miles de trozos. Era la enfermera, su amor y esperanza, inerte en el suelo. Y él era, precisamente, el asesino.
Sumergido en sus pensamientos, concluyó que a media noche la enfermera había entrado en su habitación para cambiar sus sábanas, y sin el control de si que le otorgaban aquellas pequeñas pastillas azules, él la había matado en medio de su confusión. Pronto, el brillo de sus ojos se desvaneció. Sus fantasías platónicas se esfumaron, así como el sentido de su vida.
El ruido del caminar matutino de los doctores le recobró la conciencia y su condición de criminal. Perdería la libertad física, siendo que ya tampoco poseía su libertad mental. En un acto de desesperación y locura, figuró que la muerte por envenenamiento no sería del todo indigna y una centena de mililitros más tarde su trágica existencia había acabado.
Cuando la puerta se abrió, la enfermera se sobresaltó. Francisco había olvidado tomar su tratamiento y había cometido suicidio mientras sufría una alucinación. Sin la más remota idea de lo que el hombre que más puramente la había amado había experimentado y visto, dijo:
-Lástima, comenzabas a agradarme.
Y lo cubrió con una manta blanca.



