Tenía mucho tiempo sin escribir, y dado que tengo pendientes 4 libritos por reseñar en este blog, pensé que sería conveniente publicar algún análisis de entre esos cuatro. Escogí Cien años de soledad porque ha sido la novela más fascinante que he leído en todo este año. Se trata de una novela de Gabriel García Márquez, y es la segunda que leo de este colombiano. La primera fue Memorias de mis putas tristes. Ya la reseñaré cuando haya tiempo.
Cien años de soledad es una novela donde se mezcla perfectamente lo mágico con lo cotidiano. Es un universo en pequeño donde todo ocurre, donde todo nace, crece y fallece de igual manera a como vino. El punto de encuentro, donde mil historias convergen, se llama Macondo, y es un pueblecito fundado por la familia de los Buendía.
Los Buendía son una familia bastante curiosa, en primera porque vienen cargando con una maldición. José Arcadio y Úrsula Iguarán, el Adán y la Eva de la estirpe, son primos, y corre el miedo de que su descendencia, tarde que temprano, nazca con cola de cerdo. En segunda, una peste los habrá de acompañar siempre, y es que nunca podrán disfrutar del amor verdadero, su condena será la soledad.
Así pues, a causa de un conflicto de caballeros, José Arcadio (hombre tenaz, impulsivo y emprendedor) se ve forzado a huir de su ciudad natal y más tarde funda, junto con otros hombres y mujeres que lo siguieron, en medio de la nada, un lugar mítico al que se le llamará Macondo.
Inicialmente la existencia de tan singular lugar marcha con la precisión de un reloj suizo; nadie riñe, la justicia reina las calles, los hombres trabajan y los niños juegan. Los primeros hijos de José Arcadio, y cuyos nombres se repetirán en las siete generaciones que dura la estirpe, son José Arcadio y Aureliano. Ocurre algo gracioso; que todos los José Arcadio se distinguen por ser intrépidos, aventureros y emprendedores, mientras que los Aureliano son más retraídos, tímidos pero de gran inteligencia.
A decir verdad, ocurren mil sucesos en Macondo, son tantos los personajes y sus historias, que sólo puedo elegir dos para poder tratarlos como se les merece.
El Coronel Aureliano fue sin duda mi personaje favorito. Pertenece a la segunda generación, y es de carácter muy tímido y solitario, circunstancias que nunca habrán de cambiar durante toda su vida. Por eso de los 20 años, se enamora de una gitana prostituta, al punto de que paga por verla sin atreverse a ponerle un dedo encima, y cuando se siente con las agallas de pedirle matrimonio, es demasiado tarde. Se ha ido.
Su segunda decepción amorosa, y el elixir de que lo vendría a ser su tormento vitalicio, se da cuando años después Aureliano se enamora de una niñita de 12 años, y luego de noches de sufrimiento y ayuda celestina, consigue que los padres de la infante le concedan la mano, pero con la condición de que espere a que la criaturita haya entrado a la adolescencia. La paciencia no lo apremia, pues su matrimonio no dura más de unos meses. La niña muere.
Como medicamento a su soledad, Aureliano se concentra en su trabajo de la fabricación de pescaditos de oro, pero sin planearlo siquiera, se adentra en las filas de la rebelión civil y por méritos propios, llega al grado de Coronel.
La guerra que él iniciaría, y terminaría veinte años adelante, lo turnan un hombre aún más frío y solitario, y le permiten entrever que él nunca había podido amar. Cuando su idealismo por la justicia se ve diezmado, su propio orgullo lo hace continuar con el absurdo de la guerra, hasta que con todas las de perder firma la paz. Sin la guerra como propósito, Aureliano se da un tiro de muerte, pero falla, y se exilia para siempre en su taller de fundición de oro, en un pacto secreto con la soledad.
Remedios, la bella, pertenece a la cuarta generación, y tal cual su apodo reza, es una mujer en extremo hermosa. La proeza de su belleza, dicen, llega a todos los rincones del mundo, y los más nobles y apuestos hombres de todos los reinos vienen a presenciar su hermosura, pero quien la mira no la puede sacar de sus sesos jamás, y está destinado a la locura o a la muerte.
Peor aún, Remedios manifiesta un interés nulo en los hombres, por considerarlos demasiado simples, y vive una existencia tan despreocupada, que muchas veces anda desnuda, provocando la muerte y desgracia de los hombres de los alrededores que osaron admirarla.
Un día, milagrosamente y sin haber perdido la virginidad, Remedios la bella sube al cielo y nunca vuelven a llegar noticias de ella.
Puedo decir que Cien años de soledad es un libro ideal para leer en cualquier ocasión, porque bien se puede disfrutar leyéndolo a prisa como un relato, o saborearlo como una historia centenaria.
Es un reflejo de la condición humana, de la búsqueda desesperada de pertenencia, y por qué no, de que aunque creamos estar con otros, realmente nos encontramos completamente solos.