Archive for October, 2008

Los pocos

Saturday, October 4th, 2008

Cuando explico a mis conocidos cómo es que gano algunos centavos con los anuncios de Google, no falta quien se pregunte –y es algo que me causa gracia-: ¿Quién hace clic en la publicidad?

Naturalmente les respondo con sentido común que es gente que no sabe mucho de Internet y que apenas distinguen la diferencia entre el texto y los enlaces (por ende, no distinguen a ciencia cierta qué enlaces son enlaces y qué enlaces son publicidad).

Pero entonces, ¿quién compra por Internet aquello que sale en esos anuncios –y que hace rentable a los anunciantes pagar por el servicio-? O una pregunta mejor: ¿Quién compra las populares capsulas antidepresivas? Y aún mejor, ¿quién usa esos milagrosos descuentos para el viagra y los agrandamientos de pene? Porque, visto que el spam no deja de crecer, es que ha de haber plata en aquel negocio.

Son los pocos. Quienes hacen el negocio lo saben. Siempre hay alguien buscando el hilo negro, y por supuesto, no ha de faltar aquel que esté dispuesto a comerciar hilo ligeramente café como si fuese oscuro.

Los pocos

Los pocos

Están ahí, siempre lo han estado, y siempre lo estarán, pero nadie los puede apuntar con el dedo con precisión. Y es extraño, pues pareciera que cada vez los pocos son más.

Delirio

Saturday, October 4th, 2008

La noche jugaba con Francisco. Su cuerpo débil lo azotaba y fatigaba, como si una fuerza misteriosa le hubiese robado el ánimo. Sus párpados de plomo engañaban su visión. Apenas distinguía la silueta de la enfermera que lo cuidaba. Era la compañía de ella y el amor discreto que él le profesaba lo que mantenía con vida a Francisco.

-¿Has tomado tus medicamentos?- Inquirió con suavidad la hermosa mujer que lo miraba directamente a los ojos.
-No, pero no dude en que lo haré. Buenas noches- Respondió como de costumbre y se apagó la luz.

A la mañana siguiente, despertó empapado de nervios. El acre de sus medicinas no estaba presente en su paladar. Tenía los músculos tensos. Adormilado aún, fue al lavabo, quizá buscando respuestas en su propio reflejo. Tropezó con un bulto. La imagen que presenció hizo reventar su calma en miles de trozos. Era la enfermera, su amor y esperanza, inerte en el suelo. Y él era, precisamente, el asesino.

Sumergido en sus pensamientos, concluyó que a media noche la enfermera había entrado en su habitación para cambiar sus sábanas, y sin el control de si que le otorgaban aquellas pequeñas pastillas azules, él la había matado en medio de su confusión. Pronto, el brillo de sus ojos se desvaneció. Sus fantasías platónicas se esfumaron, así como el sentido de su vida.

El ruido del caminar matutino de los doctores le recobró la conciencia y su condición de criminal. Perdería la libertad física, siendo que ya tampoco poseía su libertad mental. En un acto de desesperación y locura, figuró que la muerte por envenenamiento no sería del todo indigna y una centena de mililitros más tarde su trágica existencia había acabado.

Cuando la puerta se abrió, la enfermera se sobresaltó. Francisco había olvidado tomar su tratamiento y había cometido suicidio mientras sufría una alucinación. Sin la más remota idea de lo que el hombre que más puramente la había amado había experimentado y visto, dijo:

-Lástima, comenzabas a agradarme.

Y lo cubrió con una manta blanca
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