Cuando explico a mis conocidos cómo es que gano algunos centavos con los anuncios de Google, no falta quien se pregunte –y es algo que me causa gracia-: ¿Quién hace clic en la publicidad?
Naturalmente les respondo con sentido común que es gente que no sabe mucho de Internet y que apenas distinguen la diferencia entre el texto y los enlaces (por ende, no distinguen a ciencia cierta qué enlaces son enlaces y qué enlaces son publicidad).
Pero entonces, ¿quién compra por Internet aquello que sale en esos anuncios –y que hace rentable a los anunciantes pagar por el servicio-? O una pregunta mejor: ¿Quién compra las populares capsulas antidepresivas? Y aún mejor, ¿quién usa esos milagrosos descuentos para el viagra y los agrandamientos de pene? Porque, visto que el spam no deja de crecer, es que ha de haber plata en aquel negocio.
Son los pocos. Quienes hacen el negocio lo saben. Siempre hay alguien buscando el hilo negro, y por supuesto, no ha de faltar aquel que esté dispuesto a comerciar hilo ligeramente café como si fuese oscuro.
Están ahí, siempre lo han estado, y siempre lo estarán, pero nadie los puede apuntar con el dedo con precisión. Y es extraño, pues pareciera que cada vez los pocos son más.
