Sin más motivación que la curiosidad y esa paradójica actitud mía de autosuperación, hace aproximadamente dos semanas que acepté participar en la olimpiada de Física. La Física jamás ha sido mi área fuerte, ni la que más me gusta, pero tenía esa extraña sensación –llamémosle intuición- de que la experiencia sería divertida.
Así como yo, otros ocho compañeros se aventuraron a la olimpiada. Todo lo que teníamos, en aquél instante, era un temario confuso, amor al arte, y una vasta biblioteca. Pero había, a la par, un muro que nos amenazaba. Los exámenes bimestrales caían en las fechas que, se suponía, eran para prepararnos al susodicho evento físico.
No les mentiré, aunque posiblemente incurra en una exageración, si les confieso que estudiamos 4 horas, bien aprovechadas, en total. Fue la semana más larga de la cuál aún conservo memoria. Despertar a las siete de la mañana, ir a biblioteca de la escuela, realizar las tareas, estudiar para los exámenes, y destinar unos minutos para la olimpiada de Física. Para, luego, asistir a clases como cualquier alumno más.
El día del evento no dejó de llover. Por eso de las siete, ya estábamos de camino al Cbtis 78, en Altamira. Fuimos de los primeros en llegar. Esperamos tres horas sentados, helados hasta los huesos por el aire acondicionado, para que dieran inicio a la inauguración. Se habló de la importancia de la Física en México y de los anteriores eventos, vanagloriando la participación del anfitrión.